Un día como hoy: 18 de enero 1871 – Proclamación del Segundo Imperio Alemán

de Stefano Basilico


Una fecha, el recuerdo de un libro: Georges Ohnet, ‹‹Le Maître de forges›› (1882), novela publicada en español como ‹‹Felipe Derblay››; páginas donde se alarga la sombra de la historia: la sombra de Sedán…  Un libro que muy posiblemente merece no solo de ser revalorizado, sino también ser analizado de forma más articulada. Una novela bien escrita, cuya transposición cinematográfica (en 1959, bajo la dirección de Anton Giulio Majano) fue igualmente apreciada.    

Una narración que se basa sobre un caso sentimental: muy contrastado, y también con fases dramáticas, en un crescendo de tensión emotiva que guía y al mismo tiempo engancha al lector. Acontecimientos que se desarrollan en Francia: entre fincas y castillos, amores y envidias, laboratorios de química y pabellones de caza, duelos de honor y deudas de juego, cuadras de caballos y chimeneas de altos hornos, celos y venganzas, fiestas de baile y elecciones políticas.

Sin embargo, a pesar de no ser una novela histórica, este mismo escenario multiforme expresa la necesidad de un análisis más complejo y polifacético; pensando en un subtítulo para esta novela, la hipótesis más sugerente podría ser “la sombra de Sedán”. 

Un libro cargado del agobio de la debacle, una aplastante derrota que abrió el camino a la proclamación del Segundo Imperio Alemán en la Galería de los Espejos del Castillo de Versalles (18 de enero de 1871) y la dolorosa amputación de Alsacia y Lorena: la conciencia del desastre militar que no solamente había sacudido con fuerza el Estado francés, sino también lacerado su tejido social, político y económico. En el trasfondo, el eco sutil y duradero de las famosas palabras de Léon Gambetta, resonando en los corazones:

‹‹N’en parlez jamais: pensez-y toujours››
(es decir, nunca habléis de Sedán pero pensad en ello siempre). 

Porque en realidad de la historia en si misma solo quedan algunos esporádicos rasgos concretos: Felipe Derblay (el protagonista, el mismísimo “maître des forges”) es un sobreviviente condecorado de la Guerra franco-prusiana de 1870, donde se había alistado como voluntario en el Ejercito del Rin; después de participar a la Batalla de Fröschwiller en la fase tempranera del conflicto, Felipe cayó herido en el siguiente enfrentamiento de Saint Quentin; también otro protagonista de la novela, Camilo de Préfont, lleva las cicatrices, físicas no menos que espirituales, de la guerra perdida frente a los Prusianos de Helmuth von Moltke que después de que se acabaran los combates pudieron celebrar su  victoria con un desfile bajo el Arco de Triunfo, en Paris.

En la narración, pueden percibirse todavía vivas – y abiertas – las heridas de la guerra civil, fiel representación de todas la laceraciones que afectaban Francia en aquella época: laceraciones cuyo paradigma sería – posteriormente – el celebérrimo  “Caso Dreyfus”.

En el trasfondo del principio de la “Belle Époque”: de Francia, que – a pesar de haber sido aplastada por una tremenda derrota – protegiéndose detrás de una nueva línea de defensa basada en las fortalezas de Toul, Belfort, Épinal y Verdun, a lo largo de casi medio siglo anidaría y prepararía la “revenche” con la mirada puesta en el perfil de la cadena montañosa de los Vosgos y en los bosques de las Ardenas; de todo aquel hervidero de descubrimientos científicos y desarrollo industrial, de luchas políticas y reivindicaciones sociales; de una inevitable, imparable y osmótica compenetración entre clases y niveles sociales a lo largo del crecimiento – y reencuentro – de la mismísima sociedad francesa, de todo esto se compone el asunto, y en este escenario viven y actúan los personajes de la novela. 

El autor propone una serie de figuras muy bien caracterizadas, que caben en unas categorías casi tipológicas, como en una “comoedia” al estilo antiguo (porque de hecho es una comedia); sin embargo, con matices psicológicos más al estilo de Terencio que de Plauto: tenemos la amiga-confidente incondicional, el cazafortunas oportunista, el empleado honesto, el cínico aventurero y el profesional de intachable ética personal y laboral.  Por una parte, la clase nobiliaria que – a pesar de haber sido durante mucho tiempo atrasada y obstinadamente conservadora – con sus mejores elementos se da cuenta del reto de una época nueva: la que expresa la necesidad de una alianza con las más avanzadas fuerzas productivas de la Nación, en nombre del común interés por el desarrollo y progreso económico y social; por la otra, el mundo de la burguesía: la clase media, expresión del Tercer Estado, que lleva el legado del Juramento del Juego de la Pelota y la Revolución del 1789, y advierte toda la anacrónica angustia de la discriminación social. 

Sin embargo, en la misma burguesía habrá quien decidirá adoptar como catalizador de la nueva época el principio (transversalmente compartido) de una moderna ‹‹noblesse d’epée›› (“nobleza de espada”): un conjunto de entereza, inteligencia, ética, perseverancia, fe en sus propios ideales y honor a la palabra.  Cualidades morales y personales donde exponentes de distintos estratos sociales podrán mutuamente reconocerse, pudiéndose así establecer vínculos muy fuertes, sentimentales antes que entre clases. 

En fin, una lectura agradable e interesante que además ha resultado coherente con toda una serie de estudios y profundizaciones (más propiamente de tipo historiográfico) sobre la formación y crecimiento de la moderna Alemania: la del “Periodo Guillermino”, el ‹‹Deutsches Kaiserreich›› que tuvo como arquitectos, respectivamente político y militar,  el Canciller Otto von Bismarck y el General Helmuth von Moltke “El Viejo”.

Un Estado caracterizado por un desarrollo y crecimiento económico constante, también a través de reformas políticas y sociales, no menos que en la relación dialéctica con las otras Potencias  mundiales. El denominado “síndrome del cerco”, específicamente relacionado con la colocación geográfica del Segundo Imperio Alemán, había sido durante mucho tiempo la brújula de la cuidadosa política bismarckiana con el objetivo de evitar un conflicto en dos frentes contemporáneamente (es decir la frontera renana y la de Prusia Oriental). Una trayectoria que se desarrollaría luego a lo largo de la “Belle Époque”, incluso a través de momentos – o fases – de crisis: internacionales (el incidente de Agadir, los episodios de Fashoda y Tanger, las Guerras Balcánicas y el Conflicto Italo-turco,  el Levantamiento de los Bóxers y la Guerra Rusojaponesa), pero también internas, por ejemplo el ‹‹Kulturkampf››. Un itinerario que se interrumpió de repente bajo los fatales disparos de Sarajevo: el ‹‹Schiefflen Plan››, pronto traicionado; el primero y el segundo Marne, Tannenberg y la Batalla de los Lagos Masurianos; Ypres y Verdun, Mons y el Skagerrak; Brest-Litovsk, la “guerra submarina sin restricciones” y el Telegrama Zimmerman. Hasta el acto final, que tuvo lugar en el claro de Rethondes.

Una absurda “paz cartaginesa”, posteriormente ratificada en Versalles (en la misma Sala de los Espejos donde Guillermo I Hohenzollern fue proclamado Emperador casi medio siglo antes), que llevó el general francés Ferdinand Foch, comandante supremo de la Fuerzas de la Entente en el Frente Occidental, a comentar:

«Esta no es una paz, sino un armisticio por veinte años».

Tal como bien se sabe, estas palabras de Foch fueron totalmente proféticas…


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