La batalla de Tannenberg: historia, política, leyenda

de Stefano Basilico


Tannenberg, la historia

Un periodo de “quarantena” muy entre comillas, donde sin embargo sigue incorrupta la pasión por las disciplinas humanísticas, estudios literarios e históricos; navegar en el web, y encontrar una obra poco conocida, casi una curiosidad histórica, que encaja con temas profundizados en años: la narración de la Batalla de Tannenberg (26-30 de agosto 1914), propuesta por el general alemán Hermann Von François: uno de los personajes clave, en el desarrollo del aquel enfrentamiento entre las tropas alemanas y rusas en la zona de los Lagos Masurianos (antigua Prusia Oriental), en la fase tempranera de la Primera Guerra Mundial. Una interpretación que propone – una vez más – un concepto antiguo; la Batalla de Cannas (‹‹Cannae›› en latín, 2 de agosto 216 a.C.), el más conocido triunfo de Aníbal Barca frente a las legiones de Roma en la Segunda Guerra Púnica, representó a lo largo de los siglos una auténtica pesadilla para los estrategas de todo el mundo: el sueño (que parecía imposible) de replicar esta hazaña, con una aplastante victoria.

Sin embargo, la victoria alemana en Tannenberg hizo que este sueño se realizara: esta batalla ha sido etiquetada, y está conocida, como “la Cannas del siglo XX”; además, resultó coherente con el mismísimo dogma estratégico del entonces Estado Mayor Alemán, basado en la doctrina del cerco (o acorralamiento), según la teoria del conde Alfred von Schlieffen.

Este principio fracasó en el frente occidental (justo en el escenario donde el dicho ‹‹Schlieffen-Plan›› había sido dibujado y perfecionado por casi una década), basicamente debido a la postura dudosa e incerta del Alto Mando teutónico, que no tuvo el valor y coraje de aplicarlo al pie de letra y hasta el final.

Cannae, la batalla perfecta…

El cambio de los planes supuso en primer lugar la derrota alemana en la Primera Batalla del Marne (5-12 septiembre); pero sobre todo, tuvo la consecuencia de transformar la guerra de movimientos, tal como planeanada por von Schlieffen con el objetivo de un rápido y definitivo aniquilamiento del enemigo (según los principios de von Clausewitz), en un estancamiento del frente occidental que acabó en una espantosa y agotadora guerra de trincheras. Los comandantes alemanes no fueron a la altura de sus antepasados: en primer lugar, el Mariscal Helmuth von Moltke “el Viejo”, ganador en Sadowa (1866) y sobre todo en Sedan (1870); Von Moltke (1800-1891) fué el verdadero “arquitecto militar” del Segundo Imperio Alemán (guiado por el ‹‹Kaiser›› Guillermo I Hohenzollern), cuyo arquitecto político fué Otto von Bismarck.  Curiosamente, la doctrina de Alfred von Schlieffen tuvo su mejor – e inesperado – triunfo en el frente oriental: donde, teoricamente, las tropas alemanas hubieran tenido que quedarse a la espera, vigilando la frontera y contrastando el avance de las tropas zaristas procedentes desde el este.

“Que el ala derecha sea fuerte!”

Y hay más: a veces, el estudio y profundizaje de la historia nos permite descubrir verdades que quedan normalmente desarpecibidas. Por ejemplo, la Batalla de Waterloo (18 junio 1815) está universalmente conocida como un triunfo británico, logrado por Sir Arthur  Arthur Wellesley, Duque de Wellington, frente a Napoleón Bonaparte; sin embargo, el General prusiano Gneisenau podría considerarse como el auténtico héroe de Waterloo: después de la derrota padecida por los Prusianos el día 16 de junio en Ligny, donde quedó herido el mismo Mariscal Blücher, Gneisenau asumió el mando, ordenando una retirada organizada de las tropas teutonas y decidiendo poner el campamiento en un lugar desde donde su ejercito hubiera podido ir en soccorro de Wellington; como bien se sabe, en el momento clave del combate en Waterloo, faltando poco al ocaso y mientras que la Vieja Guardia Imperial se adelantaba para rematar la faena y barrer definitivamente los Ingleses desde el campo de batalla, los Prusianos del recuperado Blücher llegaron de repente, tomando completamente por sorpresa los Galos y sentenciando el choque.

Asimismo, la Batalla de Tannenberg entregó a la historia el mito de Paul von Hindenburg: el anciano Mariscal, ya retirado hace cuatro aňos y llamado de urgencia a hacerse cargo de una situación extremamente crítica, con el riesgo del completo colapso del frente oriental, bajo el empuje de la dicha “apisonadora rusa”; junto a él, la historia nombra más comunemente Max Hoffmann y Erich Ludendorff a componer ‹‹das Hünentrio››, literalmente “los Tres Gigantes”. Sin embargo, también en Tannenberg hubo un personaje ojalá menos conocido, pero que tuvo un papel clave en la victoria alemana: el general Hermann Von François.

El mariscal Paul Von Hindenburg.

Curiosamente Von François es un apellido que “sabe mucho” a francés, pero esto no puede extrañar: el nació en Luxemburgo, tierra fronteriza en las orillas del Rhin, en el seno de una noble familia de origen hugonote; y algo analogo pasó con uno de sus adversarios, el general ruso Pavel Rennenkampf (apellido muy “alemán”), que estaba al mando del Primer Ejercito del Zar Nicolas II y que tuvo que enfrentarse antes al mismo von François en Stalluponen y luego a Prittwitz en Gumbinnen, justo en los días previos a Tannenberg, acabando finalmente derrotado por parte de  Hindenburg en la Primera Batalla de los Lagos Masurianos (7-13 de septiembre 1914).

Hermann von François (18561933), después de entrar en la carrera militar como cadete ya a temprana edad, siguió su regular trayectoria hasta la promoción a general de infantería en 1911. Al estallarse la Primera Guerra Mundial, estaba al mando de las tropas despliegadas en la ala izquierda alemana en Prusia Oriental, en la franja al norte de los Lagos Masurianos. Según el Plan Schlieffen, en el frente oriental los Alemanes en una primera fase hubieran tenido que quedarse a la espera y contrastar el avance ruso, mientras que en el oeste sus camaradas acabarían con Francia. Sin embargo von François, decidió avanzar, llegando en contacto con el enemigo; y hay más: a pesar de la inquietud  del indeciso Maximilian von Prittwitz (comandate en jefe del teatro oriental) que le ordenó retirarse mientras se hallaba bajo ataque, hizo caso omiso a la orden recibida, respondiendo con su famosa frase: «¡El general von François se retirará cuando haya derrotado a los rusos!». Por lo tanto, contraatacó al Primer Ejército de Pavel Rennenkampf en la batalla de Stalluponen, donde consiguió una sorprendente victoria, infligiendo cinco mil bajas y tomando tres mil prisioneros.

La batalla de Stalluponen

La aparente “insubordinación” de von François, reticente a rendir territorio prusiano, y belicoso por naturaleza, se basa sobre dos causas: 1) un lado intrinsecamente débil del Plan Schlieffen, algo que pesaba mucho animicamente: a los militares, quedarse parados a la espera en lugar que agredir al enemigo; a los nobles ‹‹Junkern››, dejar al enemigo el “sagrado suelo” de la Prusia Oriental: la misma cuna del Segundo Imperio, cuya capital Könisberg era la ciudad de los Hohenzollern; 2) muy probablemente, von François tuvo la intuición clara que el ejercito ruso no representaba una amezaza creible, a pesar de su enorme dimensión: por lo tanto decidió avanzar y presionar al enemigo. Tras ganar en Stalluponen, von François obedeció finalmente las órdenes de Prittwitz y se retiró 15 millas (24 km) al oeste, donde tres días más tarde los alemanes volvieron a enfrentarse a Rennenkampf en la batalla de Gumbinnen. En esta primera fase de los acontecimientos, la agresividad de von François consiguió frenar el avance de Rennenkampf hacia el oeste; en contraste, el miedo de von Prittwitz: que aconsejó una retirada general de las tropas alemanas hasta el rio Vístula.

A esta altura, el Alto Mando Alemán decidió sustituir el mismo Von Prittwitz al mando del Octavo Ejercito con Paul von Hindemburg, junto al general Erich Ludendorff. Sin embargo, una componente de miedo – en el profundo – quedó clavada en Berlin: además de enviar un capaz y experimentado General con fama de imperturbabilidad, junto al héroe de la flamante conquista de Lieja, fueron transferidas con urgencia tropas desde el frente occidental con destino a oriente; estas tropas no llegarán a tiempo para participar a la Batalla de Tannenberg: sin embargo, faltarán – dramaticamente – en el rio Marne la semana siguiente.

El error inicial del Alto Mando Alemán consistió basicamente en sobravalorar a los rusos:

1) el ejercito zarista era enorme y teoricamente poderoso, pero en un estado lamentable en lo que se refiere a logística y organización: escasez de municiones para fusiles y artillerias, soldados marchando en la agobiante calura de agosto sin aprovisionamiento de agua ni comida;

2) interpretando la batalla como un gigantesco partido de ajedrez, los alemanes jugaron el partido convencidos de que los rusos jugarían en el bando contrario tal como lo hubieran jugado ellos mismos: es decir con un avance coordinado entre el ejercito de Rennenkampf y lo de Samsonov (respectivamente al norte y al sur de los Lagos Masurianos), como los dos brazos de una tenaza movendose para aniquilar el enemigo. Pero, nunca jamás los rusos hubieran sido capaces de planear – y sobre todo actuar – algo así complejo; además, cabe subrayar que era impensable esperar colaboración mutua entre Rennenkampf y Samsonov, ya protagonistas de un duro y polémico enfrentamiento en la época del guerra ruso-japonesa del 1904-1905. 

La batalla de Tannenberg

Hindenburg, al enterarse del teatro general de las operaciones, decidió transfirir las tropas de von François por ferrocarril hacia el suroeste, para enfrentarse al Segundo Ejército ruso del general Aleksandr Samsonov. Una vez más, von François demonstró personalidad, negandose a emprender el asalto hasta que sus tropas hubieran descansado lo suficiente y estuvieran preparadas para la batalla. Una vez listo, el 27 de agosto, von François acometió a la vanguardia del ejército de Samsonov al tiempo que hostigaba su retaguardia. Ludendorff, temiendo un contraataque de Rennenkampf, le ordenó frenar el avance y dirigirse hacia Lahna; von François hizo otra vez caso omiso y siguió avanzando hasta tomar Neidenburg y Willenburg, cortando así la retirada a las tropas de Samsonov. Este movimiento resultó ser el punto clave de la batalla: concretamente, permitió el cerco y aniquilación del Segundo Ejército ruso. Un sueňo cumplido: la réplica de la Batalla de Cannas, la sombra de Aníbal Barca que se alarga sobre los Lagos Masurianos.


Tannenberg, la política

Hasta aquí, la historia. Que proporciona un lectura militar y política al mismo tiempo. Tannenberg no solamente representa la victoria más aplastante de la Primera Guerra Mundial en su conjunto: fué mucho más. En el marco de este crucial mes de agosto 1914, dejó una huella profunda en el mismísimo Siglo XX, conocido como “el siglo corto”:

1) allí nació en los Alemanes la sensación, el convicimiento que les estaban saliendo las cuentas: y de estar cerca de la victoria definitiva. La verdad, también en el otro bando tuvieron el mismo convicimiento: que ganar la contienda estaba a su alcance (ya después del dicho “milagro del Marne”); lo que provocó el insistir con todas las fuerzas y recursos posibles: en una guerra espantosa y agotadora que acabó con una Europa que estaba en su apogeo; un cenit a todos los niveles, desde la cultura y ciencia a la economía y poder político-militar, y bajo la ilusión de la imposibilidad de una guerra – o por lo menos de una guerra larga y destructora – entre estados e imperios estrictamente conectados entre ellos. Porque todos llegaron a un punto donde la cantidad de sangre derramada y los horrores padecidos rindieron imposible aceptar la tesis de “una paz sin victoria”, tal como propuesto por el presidente de EEUU Thomas Woodrow Wilson en el enero de 1917;

2) en lo que se refiere en específico a Alemania, esta victoria (con la “aura” de invencibilidad que llevó consigo) selló el poderío de la clase militar – personificada por Hindenburg y Ludendorff – en la conducción del Estado, de hecho desautorizando por completo el papel del gobierno y cámaras, no menos que el mismo ‹‹Kaiser›› Guillermo II. Solamente después del verano 1918, frente a la imposibilidad de seguir en la guerra para Alemania, la cúpula militar dimitió: por lo tanto, quedándose moralmente impoluta. De hecho, tecnicamente: Alemania no estaba todavía derrotada; nunca el enemigo había pisado el suelo del Segundo Imperio; en el este, Rusia ya se había rendido desde hace meses en Brest-Litovsk (3 de marzo 1918); la linea del frente occidental seguía en territorio francés, más cerca a Paris que a la frontera alemana. Un gobierno civil tuvo que hacerse cargo de pedir el armisticio, llegando luego a la umiliación de Compiègne (11 de noviembre 1918). Todo esto, en su conjunto, representó el caldo de cultivo de la tesis de “la puñalada por la espalda” (‹‹Dolchstosslegende››): según esta teoría, el esfuerzo bélico habia sido saboteado a propósito por parte de traidores internos, contribuyendo a la propaganda revanchista de la posguerra, en una Alemania postrada por la crisis económica y la enorme deuda de guerra que tuvo que pagar.


Tannenberg, la leyenda.

22 de agosto 1914, mientras que el Alto Mando del frente oriental está en plena parálisis decisional después de la Batalla de Gumbinnen, en Berlin ya se ha tomado una decisión. En una casa de Hannover, donde Hindenburg vive – retirado – junto a su esposa, llega un telegrama: después de leerlo, fiel a su estilo, dos simples palabras: “Estoy listo”. La mujer, que ya se ha enterado de todo, saca del armario el clásico abrigo azul del marido, lo de general prusiano: lo revisa rapidamente, está impecable. Luego, la salida con un tren especial hasta Koblenz, donde a las cuatro de la madrugada del día siguiente Hindenburg encontra por primera vez Ludendorff. Mientras que el viaje sigue, rumbo al este, solo un rápido intercambio de palabras y algunas preguntas: la cara seria, reflexionando, mientras que eschucha la descripción del cuadro mirando los mapas de Prusia Oriental y analizando el despliegue de las tropas (alemanas y rusas).

Llegando a destinación justo en visperas del combate, las decisiones ya estaban tomadas y los órdenes fueron rapidamente comunicados; los mensajes rusos captados (cifrados, pero elaborados con un código facilísimo a decriptarse) solo confirmaron lo que ya estaba patente: Rennenkampf permanecia parado, inmovil, no representando ninguna amenaza: por lo tanto, había que dirigir todas la fuerzas rumbo al sur contra Samsonov y aniquilar sus tropas.

Después, la iconografia alimentó la leyenda; las fotografías – así como los retratos del pintor Hugo Vogel – proponen el rostro impertubable del general, en una mirada y postura que reflejan toda la fuerza del legado de sus antepasados: los Beneckendorff hicieron parte de los Jinetes Teutónicos, antiguos fundadores de la misma Prusia Oriental. Hasta la imagen más famosa: Hindenburg, ya llevando el uniforme gris de Mariscal Imperial, enseňando los planes al ‹‹Kaiser»; junto a los dos, Ludendorff: pendiente.

El legado de la historia, algo que procede desde lejos: si bien el choque sucedió realmente en las afueras de Allenstein, mientras que Tannenberg se halla unos 30 kilómetros al oeste, se decidió denominar el combate ‹‹Batalla de Tannenberg». Concretamente, se interpretó esta victoria como una “revancha” de la derrota padecida por los Jinetes prusiano-alemanes de la Orden Teutónica a manos de tropas polaco-lituanas en la Batalla de Grunwald (15 de julio de 1410), mejor conocida como “primera Batalla de Tannenberg”. El lo que se refiere a este en específico, leyendo las memorias bélicas de todos los protagonistas de la batalla del agosto 1914, cada uno de ellos propone una versión distinta, atribuyendo a sí mismo la paternidad de la propuesta (con sabor histórico) de nombrar “Batalla de Tannenberg” el combate que se acababa de ganar: una situación que propone algo parecido a lo que ocurrió en la novela japonesa “Rashomon” (luego inmortalidaza por la pelicula de Akira Kurosawa).

Sin embargo, todo lleva a considerar Hindenburg también como el autor de la propuesta; o por lo menos todo esto encaja, en la leyenda. La figura solitaria del general, que ya estuvo con Moltke el Viejo en Sadowa y Sedan, vestido de su abrigo azul: parado y ensimismado, nada más que llegar, mirando la llanura de Prusia Oriental hacia la frontera rusa; la misma mirada absorbida de un joven cadete de la ‹‹Preußische Kriegsakademie››: de la época cuando, en el marco de las pruebas para graduarse en la Academia, tuvo que preparar y entregar un informe estratégico especificamente dedicado a los planes para una batalla en la zona de los Lagos Masurianos. Como si el joven Hindenburg hubiera planeado todo con décadas de antelación: llegando puntual a una cita con la historia, muchos aňos después. A pesar de que parezca una paradoja, la leyenda es coherente con la historia y acaba comiéndosela: porque en realidad, hay veces que, cuando la historia se enfrenta con la leyenda, gana la leyenda… 


BIBLIOGRAFIA

Asprey R.B., The German High Command at War. Warner, 1991
Chandler D.G., The Campaigns of Napoleon. Macmillan, 1966
Liddell Hart B.H., The Real War 1914-1918. Little Brown & Co, 1963
Ludwig E., Hindenburg. Editorial Juventud, S.A., 1979,
Showalter D.E., Tannenberg – Clash of Empires. Potomac Books, 2004
Sweetman J., Tannenberg 1914. Cassel & Co, 2002
Tuchman Barbara, August 1914. Constable & Co., 1962

Un pensiero su “La batalla de Tannenberg: historia, política, leyenda

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